¿Todavía estoy joven?
A propósito de mi cumpleaños, este pasaje de La tregua de Mario Benedetti.
La treguaMario Benedetti
Pasaje
El tiempo se va. A veces pienso que tendría que vivir apurado, que sacarle el máximo partido a estos años que quedan. Hoy en día, cualquiera puede decirme, después de escudriñar mis arrugas: «Pero si usted todavía es un hombre joven». Todavía. ¿Cuántos años me quedan de «todavía»? Lo pienso y me entra el apuro, tengo la angustiante sensación de que la vida se me está escapando, como si mis venas se hubieran abierto y yo no pudiera detener mi sangre. [...] Tenía veinte años y era joven; tenía treinta y era joven; tenía cuarenta y era joven. Ahora tengo cincuenta años y soy «todavía joven». Todavía quiere decir: se termina.
Y ése es el lado absurdo de nuestro convenio: dijimos que lo tomaríamos con calma, que dejaríamos correr el tiempo, que después revisaríamos la situación. Pero el tiempo corre, lo dejemos o no, el tiempo corre y la vuelve a ella cada día más apetecible, más madura, más fresca, más mujer, y en cambio a mí me amenaza cada día con volverme más achacoso, más gastado, menos valiente, menos vital. Tenemos que apurarnos hacia el encuentro, porque en nuestro caso el futuro es un inevitable desencuentro. Todos sus Más se corresponden con mis Menos. Todos sus Menos se corresponden con mis Más. Comprendo que para una mujer joven puede ser un atractivo saber que uno es un tipo que vivió, que cambió hace mucho la inocencia por la experiencia, que piensa con la cabeza bien colocada sobre los hombros. Es posible que eso sea un atractivo, pero qué breve. Porque la experiencia es buena cuando viene de la mano del vigor; después, cuando el vigor se va, uno pasa a ser una decorosa pieza de museo, cuyo único valor es ser un recuerdo de lo que se fue. La experiencia y el vigor son coetáneos por muy poco tiempo. Yo estoy ahora en ese poco tiempo. Pero no es una suerte envidiable.
Cumplí treinta y tres años el jueves de la semana pasada. Treinta y tres ya suena a un señor, hecho y derecho, que aún no soy. Me lo recordaron en todas las llamadas con el curioso énfasis con el que me cuestionaban si todavía estaba joven.
En este pasaje habla Martín Santomé, un señor de cincuenta años, viudo, drenado por la monotonía del trabajo, a quien se le acaba de aparecer la virgen con la llegada a la oficina de Laura Avellaneda, una joven veinteañera que le ha resucitado el corazón.
En el taxi del aeropuerto hacia mi casa, volviendo precisamente de celebrar mi cumpleaños, venía leyendo La tregua, aparecieron éstas páginas y me removió la idea de la experiencia, de ella y del vigor.
La experiencia. En esta década emprendiendo reconozco como he crecido como emprendedor, algo he aprendido de tantos tropiezos. Pero esa palabra experiencia, no siempre tiene para mí una connotación positiva. Estoy orgulloso de seguir en la cancha, pero no haber pegado ni un home run, afecta la confianza. Ya no sé si lo tengo.
Ella. Para mi ella representa esos sueños tanto más grandes que los que persigo en mi vida cotidiana. Los sueños gigantes, los imposibles, en los que en el mejor de los escenarios tu aporte sería tan minúsculo que no vale la pena ni perseguirlos. Parece que nacen en la juventud, luego la vida nos los oculta solo para recordarlos cuando es demasiado tarde.
El vigor. Aquí es donde aparece el cumpleaños, las llamadas, y el todavía. Si el vigor es darle más peso al sí que al no, siento su merma. Percibo un miedo en mí que no conocía. En mis últimos cumpleaños pienso solamente en ella. Tan enamorado como Santomé, tan asustado con el tiempo.
A lo mejor estoy exagerando. Cumplí solo treinta y tres, no los cincuenta del personaje. Sé que aún puedo. Mejor salto de Benedetti a Tolstoi, para acordarme del día en que el Príncipe Andrei sale de sus tinieblas y recupera su vigor «No, el mundo no se acaba a los treinta y uno». Cuando empecé a escribir este texto sabía que iba a terminar con esa frase. Para corroborarla abrí mi copia de Guerra y Paz, volumen dos, parte tres. Ahí tenía la frase señalada con una estrella, tal como la recordaba. Me sorprendió fue la siguiente, esa no la marqué en ese entonces: «No basta con que yo sepa todo lo que hay en mí. Es necesario que todos lo sepan. [...] Que mi vida no transcurra solo para mí».
Los treinta y tres trajeron el vigor para compartir lo que tengo adentro.