Náuseas las que se sienten al empezar a digerir la condena de la libertad. No hay peso más grande, no hay batalla más incómoda que la libertad. Despojados de toda armadura, sin armas, ni escudos, ni ropa, ante millones de ojos que sentimos que nos juzgan exhaustivamente nos enfrentamos a tener que decidir qué hacer con la vida, y al ser una decisión libre, a vivir con las consecuencias. Náuseas, náuseas. Se me revuelve el estómago. Soy muy débil, soy muy cobarde para éstas ideas. Quisiera no leerlas, ignorarlas, esconderlas, pero tarde o temprano aparecen y entre más tarde, más pesan.
Me he acercado a la filosofía lo suficiente para entender que uno jamás entiende un filósofo en su primera lectura, así que no quiero aventurarme a tan atrevida tarea. Me restrinjo a decir que a diferencia de otras lecturas filosóficas, esta no se siente tan pesada ni enredada, aquí estás simplemente leyendo un diario. Leyendo el día a día de Antoine Roquentin, estás invitado a su sitio más íntimo para leer y sentir como se le empieza a venir el mundo encima al buscarle significado a las cosas y a la vida y no encontrarlo.
Lo difícil no es leerlo, sino lograr ver el mundo desde una perspectiva diferente a la de Antoine. Lo difícil es cerrar el libro y no poder despedirse del libro. No me podés dejar así Sartre, vos sabés que siento como se me acercan las paredes.
É lo sabe y no es ningún insensato, ni un irresponsable. Cuando siento que no hay salida, en la última página, suena una canción. El jazz de la libertad, porque ese vinilo tiene en su grabado la única esperanza.